Desde el corazón de una comunidad

Corría el año 1870 cuando el hijo menor de la familia Luz toma posesión de la finca Tranquilidad, enclavada al sur del municipio Las Tunas. Con el firme propósito de cultivar caña, el nuevo propietario decide talar el bosque de Yaya, que por azar colocó allí, la madre naturaleza. De aquella copiosa vegetación solo quedó el recuerdo. Y fue precisamente por ese paisaje despoblado de árboles que el lugar comienza a llamarse Las Peloncitas.

Así, en medio del sosiego del campo y de las bondades de la tierra, nace y se desarrolla la pequeña comunidad, que décadas más tarde -en la época neocolonial-  haría verdaderos honores a su nombre, ya no por la ausencia de los arbustos, sino por la carencia de recursos y la extrema pobreza.

Los pocos bohíos arropados de guano y yagua ofrecían una imagen de desolación y olvido, que condenaba a sus habitantes a vivir bajo el manto de la ignorancia en la espera de un milagro. Hasta que, el primero de enero de 1959, llegó un regalo beatífico a iluminar la existencia de todos y a devolver las esperanzas.

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Aurelio Borrero

Eso bien lo sabe Aurelio Borrero, el más longevo de sus pobladores. Casi un siglo de vivencias acumula este anciano y pareciera que hasta el mismo suelo reconoce sus pisadas, pues no teme recorrer todos los rincones del terruño con la sola compañía de un improvisado bastón. Y con la fe de quien ama la historia y desea perpetuarla se le ve sentado en un taburete contando sus experiencias a las nuevas generaciones.

“Aquí yo vi morir a niños de hambre durante el machadato y los demás gobiernos de esa etapa. No había trabajo, uno llegaba a la casa con los pies hinchados y sin un centavo. Con la revolución todo cambió, por eso digo que no existe en el mundo nadie igual a Fidel ni a la obra que construyó.”

La luz en el camino

Quizás, quienes hoy visiten la comunidad no adviertan a primera vista las transformaciones que se gestan en su interior. Pero bastan unos minutos de permanencia en el lugar para contagiarse de la alegría y la fuerza de gente humilde, que no espera las contribuciones de afuera ni está de brazos cruzados cuando de trabajar se trata.

Con ese espíritu emprendedor nació el proyecto comunitario Por nosotros mismos que integra a todos los factores del barrio en la planificación de actividades y en la solución de los problemas.

La reparación del camino fue uno de los quehaceres más complejos y aunque todavía falta mucho por hacer ya se aprecia la mejoría. Los dos centros de telefonía pública han sido acogidos con gran entusiasmo y en las salas de televisión se realizan múltiples actividades para potenciar el talento e incentivar la creación artística.

niñasJóvenes y niños tejen sueños y renuevan las aspiraciones con cada amanecer. Los kilómetros que los separan del bullicio citano no les impide crecer como hombres y mujeres cultos, amantes de las tradiciones. Por ello, no faltan manos para alzar las antorchas el 28 de enero, ni estimular a los educadores, médicos y estudiantes  en su día.

Al compás de toda esta metamorfosis también se gesta un cambio en la mentalidad de las personas. Sin embargo, Las Peloncitas está muy lejos de ser un paraíso y sus habitantes están conscientes de esa realidad. Tal vez por eso, cultivan a diario el presente con la certeza de que el trabajo colectivo es la clave para abrir las puertas al futuro.

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Publicado el mayo 20, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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