Derroche de entrega y amor

Bejuquero salud (6)Por supuesto que la veneración humana existe. Bien lo saben —porque lo sienten— los habitantes de Bejuquero, (intrincado paraje de Jesús Menéndez) donde niños, jóvenes y hasta adultos de la más avanzada edad adoran a Ramón Carlos Cruz Calzadilla y a Saily Moro López: médico él, enfermera ella, expresión ambos del modo en que puede aflorar lo mejor del sentimiento por medio de una atención de verdadera excelencia en el campo de la salud.

“Queremos tenerlos siempre aquí, que nunca se los lleven hacia otro lugar —suplica Magalys Garcés Vega— porque en verdad son maravillosos, intachables y muy consagrados a su noble trabajo. Como el consultorio todavía no está listo, ellos vienen todos los días, lo mismo encima de una carreta halada por bueyes o tractores, a caballo o a pie.”

Bejuquero, acceso difícil (2)Ramón y Saily, en cambio, ven bajo el prisma de lo normal el recurrente traslado a lomo de bestia o en vehículos de tracción animal para llegar hasta humildes hogares, en visita de terreno o de asistencia directa a personas como Concepción Naranjo Vega, anciana de 106 años, casi siempre acomodada en cama o en una silla de ruedas.

Profunda gratitud sienten los familiares de María del Carmen Delgado Rodríguez una paciente de 78 años, afectada por cáncer de mama. Saily llega bien temprano en la mañana -luego de pedalear alrededor de ocho kilómetros- para atender a la noble mujer y continuar viaje hacia el consultorio, unas veces en la bicicleta y otras “rompiendo fango a pie”.

“Para estas personas —explica Ramón— constituye un motivo de tranquilidad y de satisfacción ver que acudimos hasta sus casas sin importar las dificultades del trayecto. Y nosotros sentimos algo similar porque es la única manera de resolver por nuestros medios y conocimientos cualquier urgencia o situación; a diferencia de lo que ocurre en las zonas urbanas, donde muchas veces remitimos al paciente para el policlínico o al hospital.”

Bejuquero salud (1)Curtido por un “fogueo rural” que agradecerá eternamente, el joven médico dejó antes sensible huella a su paso por zonas como Santa María, el apartado hospital de Salgacero y en lejanos puntos de la geografía venezolana, mientras su inseparable enfermera guarda recuerdos no menos gratos de su labor en el hospital Piti Fajardo, del municipio.

 La mañana avanza. Con la mirada perdida en el verdor de la lejanía, Saily piensa en su pequeña hija de dos años, que permanece en la ciudad al cuidado de una prima para que ella pueda cumplir diariamente con su labor. De repente distingue a alguien que se acerca. Una ligera sonrisa le contornea los labios. No es un poblador enfermo, sino una de las personas que a menudo vienen al consultorio a ofrecerle a ella y a su colega una tacita de café o una merienda.

Seguramente ese día, durante el terreno, haya quien los invite a almorzar, como varias veces lo han hecho Nancy Sánchez e Iris Cabrera…Es lo mínimo que se puede esperar —en noble correspondencia— de los seres humildes y agradecidos.

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Publicado el junio 6, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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