¡Que se pare la cortesía!

Mariela conoce el escabroso camino de regreso a casa y no puede darse el lujo de exigir calidad en el transporte. Quizás por ello, guarda en su equipaje la esperanza de que los baches de la carretera no exciten su miedo a un trágico final. Sin mayores demoras, coloca la mochila sobre su espalda y con toda la energía positiva, piensa para sí: Esta vez tendré suerte.

A lo lejos percibe la luz del camión de pasajeros que ya se acerca y se dispone a “atacarle”. Ni la fría madrugada, ni el ambiente de desolación, la distraen de su objetivo. El vehículo se detiene ante la señal y presurosa sube a bordo.

Después de unos minutos se percata que la travesía no es muy diferente a las anteriores, pero jamás imagina incorporar nuevas insatisfacciones. La multitud solo le permite sostenerse en un pie y por primera vez agradece a los socavones del camino la posibilidad de acomodarse. En esta oportunidad, sus principales disgustos no son a consecuencia de las constantes paradas del carro, tampoco a la gran aglomeración y menos a los exagerados bultos de los viajeros.

A su lado, un hombre de unos 30 y tantos años prácticamente le arrebata el asiento. Ella solo atina a darse la vuelta para no mirar el rostro del inconsciente. Pero, justo en frente, otro individuo permanece sentado con la mayor tranquilidad. Aquel muchacho era incapaz de cederle el sitio y aún así intenta seducirla con una mirada acosadora.

Mariela comienza a sentir un calambre insoportable en sus piernas, pero vé los cielos abiertos cuando, por fin, aquel nuevo insensible anuncia que bajaría en la próxima parada. Como por arte de magia, otro viajero toma ese puesto; ella no puede contener la indignación y reclama su derecho, mas el señor hace caso omiso a aquellas palabras. Entonces, no tiene otra alternativa que seguir allí, en silencio y tragarse de golpe toda su ira.

Este no es un hecho exclusivo, alejado de la realidad. El fenómeno se ramifica poco a poco (sin pretender absolutizarlo) y encuentra nuevos adeptos que borran de su conciencia los valores y en su lugar colocan una dosis exacta de individualismo.

A todas luces se aprecia un evidente abandono de las buenas costumbres, las normas morales, de convivencia social y de respeto mutuo y un incremento inversamente proporcional de la falta de educación formal y de inadecuadas conductas. Llama la atención que prime esa actitud de “sálvese quien pueda” y queden relegados la hospitalidad y los principios.

No se trata de un problema que implica solo a los más jóvenes -como erróneamente algunos piensan-, pues los adultos también cortan una buena rebanada de ese “pastel”. Debemos autoanalizarnos y despojar la absurda idea de que “una golondrina no compone verano”. En este empeño la familia y los centros educacionales son determinantes. Casamentera

imagesLa prisa diaria, característica de la modernidad, no puede mancillar nuestra esencia como seres humanos. Detenerse a ayudar a una anciana, ceder el asiento a una embarazada, recoger el bolso a la señora que desprevenidamente lo dejó caer, tomar de la mano a un impedido para ayudarle a cruzar la calle no nos causa pérdidas, ni roba tiempo; por el contrario, cada buena acción engrandece y alimenta el espíritu. De nosotros depende que el tránsito por esta vida adquiera un verdadero sentido.

Anuncios

Publicado el junio 27, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: