¿La juventud perdida?

Jovenes caricatura“Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos”.Este comentario no se lo escuché a los abuelos en la cola del pan, ni a la Gallega, una costurera que se la pasa murmurando sobre las malas costumbres de los adolescentes y menos a la doctora del consultorio; tampoco a aquellos “guardianes” o “espías profesionales” de nuestros barrios, dedicados a convertir los asuntos privados en públicos.
Por increíble que pueda resultar, fue el filósofo griego Sócrates, quien encontró esas palabras para calificar a los jóvenes de su época. Desde entonces hasta la fecha… ¿qué cantidad de vueltas hablan dado las manecillas del reloj?, ¿cuántos cambios ha experimentado el planeta? Seguramente sería imposible determinarlo. Sin embargo, es curioso cómo después de pasados tantos siglos, prevalece esta percepción y la manía recurrente de decir que “la juventud está perdida”.
Si analizamos las palabras del filósofo y las adecuamos a nuestros días, el resultado será obvio: siempre los mayores han juzgado a la nueva generación de romper con las tradiciones y las buenas costumbres. Entonces nos adentramos en una discusión tan antigua como la misma humanidad, a partir de un cuestionamiento que nunca nos parecerá indiferente: “los jóvenes de hoy se parecen más a su tiempo que a sus padres”.
¿Será que las personas adultas olvidan por completo lo que les sucedió a ellos? Desde mi apreciación, creo que ellos recuerdan los años mozos con una mirada romántica, apasionada y a veces melancólica; buscan en el pasado una parte de lo que fueron y hasta de lo que desearon ser. Falta examinar ese otro lado en el que, quizás con mayor o menor intensidad, también se opusieron a los dogmas de sus padres y salieron de casa a vivir su propia vida. Seguramente en esa etapa también los tildaron de rebeldes u osados.
Esta interpretación no justifica la desatinada conducta del mocerío moderno, eso sería colocarse una venda en los ojos. A pesar de ello, es injusto que sean medidos con la misma vara, porque no todos están “perdidos” y los que lo están quizás sea porque sus progenitores jamás han sabido guiarlos. La intención es que las personas más crecidas, en medio de la prisa cotidiana, dediquen tiempo a reflexionar sobre el asunto y comiencen a actuar en correspondencia con las exigencias del presente, dejando atrás esquemas arcaicos y ortodoxos.
Los valores ético – morales, los buenos modales, las tradiciones y la cultura nunca pasan de moda, pero si queremos que las nuevas generaciones hagan suyos estos principios, entonces es necesario materializar lo que predicamos y en la familia recae la máxima responsabilidad.
El anhelo de los muchachos (as) de ser diferentes, conquistar su personalidad y experimentar por sí solos, entran en contradicción con los adultos. Muchos padres no encuentran el justo equilibrio entre la disciplina y la permisividad. Por ello, los gritos, las discusiones, el cansancio, y la preocupación, son habituales en sus hogares.
Comunicación y confianza son las vías más efectivas para hacer creíbles y palpables los patrones identificados como positivos en la sociedad, sin construir murallas generacionales. Padres e hijos tienen la obligación de modificar sus conductas, la autonomía y dependencia, los roles habituales y muchos otros aspectos en las relaciones intrafamiliares.
La solución no radica en someterse a los “hijos tiranos” que nombró Sócrates, sino en encontrar las señales para comprenderse, hacer mutuos los desafíos y andar unidos en la travesía de la vida. Quizás así, los protagonistas del futuro no tengan que arrastrar el “logotipo de perdidos” heredado y popularizado por tantas épocas.

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Publicado el octubre 10, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Jóvenes por los 5

    Saludos desde otro blog hermano

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