Las luces de Justina

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“Estoy viento en popa y a toda vela” me dijo con tal firmeza que arrancó de golpe cualquier incertidumbre sobre la vitalidad de sus 100 años. Justina ya no puede ver los colores de la vida, pero mira con el corazón e irradia luz. Superó muchos obstáculos y todos los pronósticos, incluso los suyos propios. “Es una bendición, yo misma me pregunto cómo he llegado a esta edad con lo mucho que he trabajado.”

El tiempo implacable hizo de las suyas; lleva consigo una joroba en la espalda, arrugas en la piel y un pelo encanecido, y aun así es una mujer adorable y bella. Así la vieron mis ojos. Tomé sus suaves manos y juntas iniciamos un viaje al pasado hasta llegar a la señora centenaria de hoy.

Justina Román Marrero es la cuarta de 13 hermanos. Desde muy niña ayudó a la mamá en los quehaceres domésticos y su juventud fue de muchos sacrificios. “Yo lavé en el río, en pedazos de gomas de tractores, y cubos. Una vez mi madre me dijo: hija tú no te cansas, desde los siete años estás lavando y planchando, y ya tienes 82 años.

No me quiero ni acordar de aquel triste período; el gobierno de Machado acabó con Cuba. Quienes tenían un kilo eran ricos, aquí lo que se comía era harina sin sal y sin manteca; le decían la flota de ida y vuelta. Muchos no resistían y morían, gracias a Dios yo viví aquellos años y estoy aquí.”

FIDEL Y LA REVOLUCIÓN EN JUSTINA

“Para mí Fidel es un mesías, lo más grande que ha dado la naturaleza porque transformó la República de Cuba. Yo conservo una tarjeta que firmada por él y   sufro cuando me dicen que está viejito porque no puedo verlo.

Hice guardia durante 15 años y tengo mi diploma. Soy cederista, federada, comunista y fidelista; y llevo a esta Revolución hasta que me muera… y créame, luché por ella.”

Un arsenal de anécdotas almacena en su memoria; cada una de ellas repletas de pasión verdadera, humildad y valentía. “Una noche cerca de donde yo vivía, vi a dos guardias agachados que buscaban a alguien. Pensé que al verme iban a disparar, pero logré entrar a la casa desapercibida. Al día siguiente alerté a los vecinos, salvando así, al hombre perseguido.

Mi hija mayor era de la clandestinidad en el período de Batista y llevaba medicina y dinero a los alzados a Santiago de Cuba. Yo la apoyé siempre y pasé mis susticos.”

Onel Calderón, uno de sus hijos comenta que su madre pasó muchas vicisitudes en los gobiernos anteriores. “Aprendí todo lo que soy de mi mamá; ella nos inculcó el amor a Fidel, a la Revolución y al pueblo. No tengo palabras para definir la alegría de tenerla.”

AFORTUNADA EN EL AMOR

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“Mi primer enamorado fue capturado y golpeado durante el Machadato. Cuando lo vi en ese estado empecé a llorar, no se parecía a él. Tuvo que esconderse y después de la caída de ese gobierno, el hermano se lo llevó para Holguín y tuvo un accidente. Nunca más lo vi.”

Después conocí a Hermógenes, el padre de mis hijos; fuimos novios dos años antes de casarnos. Duramos 79 de matrimonio; murió aquí, en mis brazos. Era celoso, pero no me lo demostraba. Recuerdo que un día, ya yo con 92 años, le digo al panadero: deme un pan bien tostadito y bueno. El joven me responde ¿así lindo como usted? Me sonreí y le contesto, ya a mis años eso es difícil. El muchacho refutó: el corazón nunca es viejo, yo tengo 45.

Desde dentro mi esposo no nos quitaba la vista, pues según él, aquel muchacho me miraba con interés y parecía que quería besarme. Entonces me hice la brava y Hermógenes me abrazó y dijo; vieja no te molestes tu todavía das un susto,  yo vivo orgulloso de ti.”, ríe mientras rememora el momento.

Entre jaranas y anécdotas descubro que el amor de Justina no termina con su compañero de vida. A ella la vejez le trajo una relación idílica con la poesía. “Ya he creado unas 15,  no puedo escribirlas, pero las guardo en mi memoria”. He dedicado mis versos a la amistad, a Fidel, a los cinco Héroes, a mi esposo…”

UNA MUJER FELIZ

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“Me siento satisfecha de lo que he logrado. Uno de mis nietecitos me dice: abuela no se puede morir porque usted es el árbol de la familia y nosotros sus ramas. He criado cuatro generaciones y soy feliz porque tengo a mis nueve hijos vivos.”

Ada Pastora Calderón Román, la hija mayor, expresa con orgullo. “Ella es maravillosa, nos dio una excelente crianza. Yo me he regido por esas enseñanzas y las trasmito a mis descendientes.”

Para Omar Calderón Román, otro de sus retoños, “todo gira alrededor de ella; es atenta, cariñosa, sensible y sobre todo muy humana, siempre está pendiente de todos.”

A Justina esa madera le viene en los genes. Su mamá vivió 96 años y el papá más de 100. Actualmente dos de sus hermanos también le acompañan; una de 94 y el otro sobrepasa las ocho décadas. Una herencia que de seguro a muchos les gustaría compartir. ¿El secreto? Ni ella misma lo sabe. Creo que si algo ha influido es el espirito luchador de esta mujer.

Volver a ver es su gran deseo, pero una cirugía es bien complicada a esa edad. Sin embargo, Justina tiene muchos ojos que guían su camino, manos que la sostienen y pies que le ayudan andar. Ella es el tesoro de su familia y viceversa, ojalá sus luces envuelvan a todos por muchos años más.

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Publicado el noviembre 15, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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